
En medio de la conversación, ahí estaba él. Ausente y presente al mismo tiempo. No podría decir con certeza que nos estubiera escuchando si no fuera porque pude ver en sus ojos cómo dudaba que fuera a aguantar un día más. Cómo dudaba a cada instante en si conseguiría volver a coger aire.
Una vez.
Otra.
Respiraba tan difícil y pausadamente, que había perdido el ritmo natural del tiempo. Ahora los segundos no los marcaba la aguja más ágil del relog, sino el pesado ritmo de su respiración; y pasaban tan lentamente que a veces parecía que el tiempo se había detenido.
Brillaban tímidas lágrimas al rededor de sus ojos. Ya no tenía hambre. Se había abandonado a sí mismo.